Imaginaos un domingo cualquiera, acercándose la hora de comer y no saber qué hacer. Últimamente la cocina se está convirtiendo en algo trabajoso para mí. La barriga empieza a pesar, Àlex no deja de dar patadas, señal de que el habitáculo en el que se encuentra es algo estrecho e incómodo para él. Apenas a 8 semanas de verle la carita ya empiezan a crecer los miedos que con Marina no tuve, claro, era la primera vez con ella y jamás vi un parto. Los que salen en películas y poco más me resultaban demasiado exagerados, pero bueno, que al final la ficción a la realidad no tiene mucho de distinto. No chillé tanto ni sudé una gota, pero el dolor fue tremendo. Pero bueno, si hubiera sido tanto sufrimiento no habría ido a por el segundo, así que para las que se estén animando en tener hijos, no me hagáis caso. Lo que sí es cierto es que cuando ya lo ponen en tu pecho se siente un alivio inmenso y es ahí cuando empieza a nacer ese amor jamás sentido. Empiezas a abrazarlo con ternura, a darle la bienvenida, a besarlo a ritmos suaves y continuos, como un intermitente y no puedes parar. Cuando ya te lo dan en la habitación y te dicen que todo está perfecto, es cuando tal vez se te escape o la lagrimita o el suspiro de “por fin, ya está todo hecho”
Así que me mantengo en la esperanza de que dentro de poquito viviré esos momentos que me resultan irrepetibles en la vida.
Pues volviendo a aquel domingo, me dispuse a mirar por toda la nevera y congelador. Encontré unas piezas de salmón que suelo comprar en “La sirena” ya listas para descongelar y hacer. Sin espinas ni piel y cortada a filetes (qué más se puede pedir) Recopilé una cebolla, varias zanahorias, un calabacín que me quedó suelto y que vi poco para una crema…., mmm, a ver qué recuerde más… Ah, Sí!, un diente de ajo, patatas a láminas…, ya está… Bueno, laurel, sal y pimienta.
Cogí una bandeja de cristal para el horno, puse un buen chorro de aceite de oliva en la base, encima las verduras bien cortadas y la zanahoria rayada para que se hiciera antes.
Las patatas encima y luego el salmón ya descongelado. Lo salpimenté todo y le puse unas hojas de laurel.
Lo puse en el horno calor arriba y abajo. Tengo el horno con la función de ventilador y jamás lo había usado, así que a los diez minutos como veía que aquello ni se inmutaba y los estómagos empezaban a demandar comida, le puse la opción y en cinco minutos empezó aquello a “burbujear” fui mirando cada diez minutos o así… No sé bien, bien el tiempo exacto, pero calculé más o menos una hora.
Cuando ya estaba la verdura lista, y el pescado en su punto (jamás había probado el salmón al horno, le doy un 10. Lo prefiero mucho más que a la plancha) le eché un chorrito de nata líquida. Es una que han traído nueva al Mercadona y que tiene menos M.G. es de color verde el recipiente. Esto es opcional, así que si no queréis queda bien así. Pero no sé…, se me antojó.
Lo retiramos del horno con cuidado, lo ponemos en la mesa con un cacharro para que no se nos queme el mantel y vamos repartiendo.
La fotografía no ha quedado de estudio pues fue al momento. Siempre digo que me tengo que hacer con una caja de luz y unos focos…, pero no hay manera. He visto de esas caseras, con una caja de cartón, una tela blanca y dos lámparas de escritorio, pero eso es ponerse y de manitas en casa andamos escasos.
Ya está lista la comida del domingo (la del pasado) porque a las 11:12 de hoy no sé qué voy a hacer… Qué pereza… Aunque no lo diré muy alto porque en verdad me encanta la cocina…
Un beso para todos y espero que todo os vaya muy bien.
Saludos
María josé